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“Mientras tanto, en su
habitación, Etelvina abría su maletín con estampados de lunas, soles y
dragones. Apareció un sombrerito de seda negra con un alfiler de plata.
Apenada, se lo puso. Parecía una muñeca endeble vestida de fiesta. Ay brujita,
no te apenes ahora. De inmediato la rodeó una leve luz azul.
Sus labios se movieron apenas para decir, con
las manos extendidas:
Almendras peladas por mano de bruja
Salsa de dorados chinchipatis
Chinchipatis dorados en fuego de dragón
Conviértanse en salsa
¡Y san se acabó!
La luz se concentró en las manos. Y de pronto sostuvo una caja de la que se escapaba el exquisito aroma de algo dorado y meloso”
GÜIRALDES, Ana María (2008). Un embrujo de cinco siglos. Santiago de Chile: Editorial Andrés Bello, Pp. 22-23.
















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